cosas en pedazos

O un meme que me apropio:

Bajo el cut, un fragmento de cada uno de mis docs inacabados. Un pony metafórico para quien acierte más de tres.

1. “En casa siempre hay uno. ¿No lo has visto al entrar? Es de color rojo y tiene una esfera de cristal donde deberían estar los ojos. Lo veo cuando me levanto, sentado en el último escalón de la escalera. De cualquier escalera. A veces me lo encuentro en la escalinata central. Igual por eso no lo has visto. Y otras, cuando bajo a la cocina por la de servicio, tengo que pasar rozándole porque es un pasillo tan estrecho. Siempre mira al suelo. Intenté hablar con él hace unos días y me ofreció una manzana. ¿De dónde la había sacado? Me senté a su lado, porque estaba en la escalera grande, para preguntarle cómo se llamaba. O de dónde venía. O cualquier cosa. No sé. Se me ocurrió que igual era tímido, menuda estupidez. No dijo ni una palabra, simplemente abrió las manos y tenía una manzana verde y brillante en ellas, igual que en un truco de magia. Están en las esquinas de las calles, parados de pie y alguna gente ya ni les mira. ¿Cómo puede ser, Beate? Se ha vuelto normal. Vas a comprar carne y uno de ellos está mirándote desde la despensa, entre las vacas muertas. Están junto a los puestos del pescado, viendo pasar a la gente. Y los veo y no puedo evitar pensar que están… esperando.”

2. “El corazón de Bess se había trasladado, aupándose hasta la clavícula y subiendo por el cuello hasta terminar asentándose entre sus orejas, en el punto en el que terminaba la columna vertebral. Latía allí, desacompasado e indeciso. Si se iba quizá no volviera. Si se iba quizá tardara semanas o meses en volver. El mundo que conocía podía cambiar mientras no estaba allí. Su abuela era una anciana que podía morir con su nieta mayor a kilómetros de distancia, arrastrándose por túneles en busca de nada en concreto. Sólo pensar en ello hizo que se sintiera como si acabara de suceder. Podía verse regresando de la expedición y llegando a casa para encontrarse a su padre tratando de esconder la tristeza por la muerte de la abuela tras la alegría por el regreso de su hija. Reprimió un gimoteo de pánico y trató de pensar en otra cosa. Podían encontrar algo que pusiera patas arriba todo lo demás, la Dris, la vida en las galerías, los cultivos y la electricidad, la historia misma. Era demasiado grande. Era algo para Thomas Monteith, que había nacido para ser un héroe, y para Serra Bunyan, a la que el mundo siempre le había quedado pequeño.”

3. “Laura Altford se convertiría años más tarde en lo que se suele llamar una mujer horriblemente hermosa, y la mañana de jueves que el señor Vaughn llamó a su puerta aún era una niña, pero una niña horriblemente bonita. “Horriblemente” porque por mucho que las novelas románticas para adolescentes hablen de la importancia del interior al final la chica siempre se queda con el pirata atlético y apuesto, en lugar de con el bibliotecario gordito con gafas que les lleva los cafés, y resulta como más injusto cuando las cosas horribles le suceden a gente tan bonita como Laura Altford. Antes de morir, o quizá en los momentos de lucidez que su larga agonía le dejaba libres, la señora Altford se había ocupado con la pulcritud sistemática de una madre victoriana de enseñar a sus hijas cómo cepillarse el pelo, lavarse los dientes y llevar los vestidos siempre bien planchados. Con unas niñas como las niñas Altford no había necesidad de tontos experimentos con cremas, coloretes y pinturas, y aquellas instrucciones eran más que suficientes para que brillaran igual que manzanas.”

4. “Nadia les explicó que en teoría nada había cambiado oficialmente, pero en la práctica la ciudad entera había asumido que los recién llegados tenían los mismos deberes que los cuarteles establecidos en Mera. Y los soldados de Paleno no habían puesto ninguna objeción, antes de caer con naturalidad en el papel de nuevos defensores de Mera. En esa situación era difícil para gente como Heku y sus amigos vivir como lo habían hecho antes, a base de asustar a comerciantes, amenazar a muchachas y acorralar víctimas en los callejones. Daba la impresión de que había un soldado en cada tienda o puesto y de que ninguna chica caminaba sola por las calles ya. Siana, que evitaba a los soldados con más voluntad que Nadia o que Nora, lo había visto pasar en otras ciudades.
– Veréis en nueve meses – murmuraba cada vez que se cruzaban con un grupo de chiquillas ruidosas camino de las plazas donde se reunían los soldados -. Tendríamos que hacernos todas matronas. Ahí será donde esté el dinero en nueve meses.”

5. “- Es un buen profesor – continuó Alex, con la vista fija en el suelo. Estaban llegando a la esquina del instituto. Un grupo de alumnos sentados en el muro semiderruido jugaban a ver quién lanzaba las piedras sueltas más lejos y Astrid dividió su atención entre evitar que alguna la golpeara y mantener la mirada alejada de ellos. Supuso que Alex hacía lo mismo, pero no dejaba de hablar -. No se merece que le echen por defenderse.
– Habla más bajo – susurró Astrid al fin, urgentemente, librándose por poco de una de las piedras.
– Pero estás de acuerdo. Kessler es un cabrón. Es así con todo el mundo. Él y sus amigos son unos matones.
– No lo sé. No soy amiga suya.
– A mi me pegaron el curso pasado por llevar la misma camiseta que Gardner.
Se detuvo y Alex chocó contra ella, arrancando risitas de los alumnos que los rodeaban.
– No me interesa, ¿vale? No hables de eso. No hables tan alto. No quiero saber nada.”

6. “A Zacarías le valió eso, y también al resto del rancho, porque Bluebell no se consiguió un nombre propio hasta el día de su quinto cumpleaños. Era “la niña” para los vaqueros, para los aprendices, para la cocinera y para Zacarías, y también para Van Berens en las raras ocasiones en que acertaba a definir aquella presencia revoltosa que se le metía entre las rodillas o le desordenaba las pipas de fumar. Para la irlandesa era silencio, como todas las cosas, y nadie llegó a saber los nombres de los otros seis hijos que tuvo, todos niños, porque Van Berens no les dejaba quedarse en la casa grande más de lo necesario para destetarse, y los cuatro que no murieron inmediatamente después se los llevaron sus respectivos padres cuando abandonaban el rancho en las épocas de poco trabajo. Cuando quería llamar a la niña golpeaba las tablas del suelo o las portillas de los terneros, y esperaba a que saliera de donde fuera que estaba trasteando para explicarle en una o dos señas qué quería de ella. En una de aquellas ocasiones cuando Bluebell tenía tres años y medio la irlandesa se clavó una de las varillas mal sujetas a la tierra en el muslo, y por más emplastos de saliva y veneno de cascabel macerado que la cocinera india le metió en la herida, al cabo de una semana se le quedó la pierna muerta y a los ocho días se murió ella también.”