pasen y vean, señores

Conozco a un montón de gente que debería apuntarse al NaNo y no lo hace (pista: el 99,5% de la gente que conozco, exceptuando una o dos personas a las que no quiero tocando mis cosas ni cosas bonitas en general), pero no temáis, este no es un post evangelizador. O lo es, pero de una manera sutil y elegante, con una gruesa capa de “Si yo en realidad sólo vengo a hablar de mi libro mis intimidades”.

Entre otras excusas, cuando intento convencer a la gente de que se apunte al NaNo o de que escriba algo más largo de 200 palabras en un drabble, me encuentro mucho con “Es que no sé organizarme con cosas largas”. “No sé hacer esquemas”. “No tengo argumento”. “Tengo un problema psicológico que me impide recordar qué estaba haciendo mi personaje en la última escena y qué va a hacer en la siguiente, y me tatuo las pistas en sitios tan inconvenientes que luego no las puedo ver ni con un espejo y claro, no le puedo pedir a nadie que las lea por mí porque me robarían la idea”. O basado en hechos reales:


(ya sabéis a quién culpar por que yo me levantase hoy con ganas de post en vez de ganas de estudiar la Morte D’Arthur)

Así que para toda esa gente con excusas tontas, y especialmente para Mileya, aquí tenéis el método infalible y demostrado que me funciona-o-no a mí:

Anarquía absoluta. Ya lo he contado, o he pensado en contarlo, más veces: mi primer atisbo del argumento de una novela es una escena en concreto que quiero escribir. La mayoría de las veces no hay nada más. Para quienes recordéis El Baile de la Medusa, ese es el mejor ejemplo. El Baile de la Medusa fue un fic de Harry Potter larguísimo, retorcido e incompleto con una cantidad ingente de personajes originales que jamás vió ni verá la luz de la publicación en internet. Cuando lo dejé colgado llevaba 250mil palabras; el equivalente a cinco nanos. La cosa más larga que he escrito nunca. Y de dónde salió esa monstruosidad? De una idea bien simple. Una escena que quería escribir. “Snape en el baile de máscaras de Laberinto”. Después vino otra. “Snape en un parque de atracciones”. Y otra más. “Sharon den Adel es un elfo”. A partir de esas tres salvajadas sólo hubo que hacer malabares para unirlo todo, más mal que bien.

Con los originales es lo mismo. Partimos de la base que si tenéis aunque sea una idea de un personaje ya hay por dónde tirar. Si vuestra cabeza, en su infinita sabiduría, os ha dado el más pequeño soplo, ya podéis ir al Word felizmente y apuntarlo, porque ahí es donde empezamos. Y como muestra, un botón o dos.

Este es el esquema de Pompeii que hice ayer y no creáis que no me da vergüenza ir enseñando mis impudicias por ahí, pero en fin, todo sea por que dejéis de poner excusas. Si agrandáis la imagen y echáis un vistazo veréis que incluso rellenando los borrones la cosa no pinta muy elaborada. Los borrones son puntos argumentales que no quiero destripar por si alguien quiere leerlo, pero se coge la idea, no? Como véis, ayer me limité a escribir lo justo y necesario. En realidad me limité a apuntar lo que ya sé, y algunas cosas que no sé pero que intuyo. Me falta un conflicto, no hay nada descrito en profundidad y en general soy yo echándome la bronca por no haber pensado el resto. Pero ahí está. Aunque sea un esquema cutre y en bragas, es un esquema. Todo lo que está apuntado en él es algo que va a aparecer en la historia o al menos en la idea de la historia que tengo ahora mismo en la cabeza. Y se puede hacer en 5 minutos, o diez, o se puede dejar abierto eternamente para ir añadiendo cosas por muy tontas que sean cuando se os vayan ocurriendo. Creedme, sólo por el hecho de poner las cosas en papel (o en Word) se os ocurrirán otras. Puede que sirvan o puede que no, pero irá saliendo. Ni siquiera necesitáis que esté todo hilado al principio. Sabéis que queréis una escena en el que el protagonista se viste de bombero torero? Apuntadla. Otra en la que habla de Bukowski y de lo pseh que le pareció Pulp ante una audiencia de catedráticos de Química? Apuntadla. No sabéis qué pasa entre una cosa y otra? “Aquí pasa algo que aún no sé qué es”. En el peor de los casos tendréis que forzar un poco las cosas. En el mejor, eventualmente se os ocurrirá una escena entre medias o dos o mil que lo hilen.

Ese es el esqueleto básico de un esquema: todo lo que tenéis en la cabeza, sean frases o imágenes mentales o preguntas para ti mismo, el autor.

Y aquí teneis un esquema pulido y bien pulido:

Las bases son las mismas. Este esquema empezó igual que el de Pompeii: muchísimas de las cosas que están en él ahora no aparecieron hasta después. Poco a poco fui añadiendo diálogos clave que tendrán que aparecer en esa escena cuando la escriba, o apuntes sobre la actitud de los personajes, y al final lo ordené todo, lo organicé por capítulos e incluso especifiqué qué porcentaje de la novela tendría completo con cada uno. Todavía hay cosas que no tengo claras y aparecen en interrogaciones, y que a estas alturas improvisaré sobre la marcha, pero en general con este esquema? Podría dárselo a alguien y tendría una idea bastante aproximada de lo que va a pasar en Niños (si le quito los borrones, claramente). Podría dárselo a alguien y ese alguien podría escribir la novela.

La única diferencia entre el esquema de Pompeii y el de Niños es el tiempo que he pensado en cada historia y el haberme ocupado de añadir cosas al esqueleto. No sirve de nada empezar un esquema con lo básico y luego olvidarse. No sirve de nada pensar en ello, tener una escena en la cabeza y decir “no, pero es que no tiene sentido”. Si se os ha metido en la cabeza, tiene sentido. O vale, igual no, pero apuntadla de todos modos. No se pierde nada. El cerebro es cojonudo en esto de improvisar: esa escena que no encaja por ninguna parte puede dar lugar a una línea argumental nueva, o solucionar otra con la que estabais trabados. Incluso si al final la descartáis lo más probable es que estéis descartándola en favor de otra escena, así que ganamos todos.

En resumen, el misterio de hacer esquemas y organizar plots? Que no hay misterio. Sólo hay que pararse a poner las piezas sobre el tablero y mirarlas de vez en cuando.