Sneak Peek: Tres Balas para Daniel Rudabaugh

No es por daros envidia, pero tengo una amiga pelirroja que, dicho sea de paso, debe estar harta de que la objetifique de este modo tan descarado (pero yo te quiero, Florchis!). Se llama Flor y vive en Londres y nos conocemos de aquella época gloriosa de hace unos años que fue Broken Legends, tan lleno de gente increíblemente guay con la que aún echo de menos rolear una media de tres veces a la semana (un día vamos a resucitar Londres y se va a cagar la perra, mirad lo que os digo) (la media se refiere a cada cuanto les echo de menos, porque rolear roleábamos todos los días).

Como iba diciendo, Flor es pelirroja, y no me refiero a pelirrojismo sutil. Habéis visto el trailer de Red? Cuando salió ese trailer yo calculo que el 90% de sus conocidos se lo mandaron acompañado de distintas variantes del “PERO QUÉ HACES EN UNA PELI DE PIXAR?” que le envié yo, y el 10% restante no tiene internet pero se lo dirán cuando salga en cines. Y es que el pelirrojismo de Flor es tal que así, desatado y rojísimo y genial, como Flor misma.

La última vez que nos vimos fue a principios de Noviembre en Londres, y siendo principios de Noviembre no podían faltar las conversaciones en torno al NaNo en el que estábamos participando Rak (ô.o), JP y yo. No sé si fue antes o después de que no nos dejaran entrar a desayunar en Fortnum&Mason pero en algún momento por ahí Flor dijo las palabras mágicas: “Oye, ya podrías hacerme un personaje en tu NaNo nuevo!”. Yo le dije con mi habitual diplomacia (la que viene siendo ninguna en absoluto) que por mí encantada, pero que no la quedaba más remedio que ser puta porque las únicas mujeres que no son putas en Balas son las hijas y la esposa del tendero, que son muy despreciables, y por tanto estarían basadas en gente despreciable. A Flor le pareció de lo más lógico y así nació Flora Maquasse, porque est-ce que tu veux devenir maquasse y también est-ce que tu as tué le baron? y además reasons.

Virginia Fabray se ganó enemigas cuando todavía no había abierto el segundo baúl. Era una belleza de rasgos afilados, ojos pálidos y una nariz respingona que acentuaba su expresión de desprecio permanente. Flora había sido la primera en relacionar la habitación que Peg había puesto a punto con la llegada de Sophie y Virginia, y mientras las demás chicas se asomaban a la barandilla del patio y las miraban pasar ella corrió al cuarto con una jarra de agua a modo de excusa, así que era la única presente cuando nada más abrir la puerta Virginia arrugó la nariz y exclamó “Seigneur dieu, quel trou à rat!”. Flora había llegado desde Nueva Orleans, dando un rodeo por Chicago, Detroit y varios pueblos mineros gradualmente más llenos de inmigrantes a los que les gustaba que alguien, aunque fuera una puta, les hablara en su idioma natal, así que entendió perfectamente lo que había dicho Virginia del mismo modo que lo habría entendido en alemán, español e incluso un poco de chino. Todavía no había decidido si ofenderse, porque después de todo Peg era su mejor amiga en esos días y se había esforzado en dejar la habitación habitable, cuando Virginia reparó en ella y añadió, dirigiéndose a alguien a su espalda:

-Et cette fille se fond parfaitement dans le dècor…

Flora, que siempre se había caracterizado por ser la chica más dulce del mundo hasta que alguien le pisaba los pies, alzó las cejas y sin muchos aspavientos le lanzó la jarra de loza a medio llenar a la chica nueva. No tenía muy buena puntería, sin embargo, y la jarra explotó en mil pedazos contra la pared, arruinando para siempre un grabado de Pompeii que había hecho el único artista que había salido del pueblo, un chiquillo llamado Hammond Grantham del que nadie había vuelto a saber nada desde que se fue a probar suerte a París, y que Peg había cogido del cuarto de Bluebell y Dolly para que las paredes no se vieran tan vacías ahora que les había limpiado las capas de polvo. Antes de que Ludlow, que estaba detrás de Sophie, pudiera decirle nada, Flora se abrió paso de un empujón hacia el pasillo y repartió portazos por todos los umbrales que encontró, hasta alcanzar su habitación y sentarse en la cama con la rabia haciéndole cosquillas en la tripa. No fue la única afrenta de Virginia esa primera semana; en el desayuno del lunes apartó el plato de huevos revueltos sin siquiera probarlo, ofendiendo a la cocinera enormemente cuando, al preguntarla Bluebell si no iba a comérselos, respondió que ella sólo comía huevos frescos, pero que si las demás tenían estómago de cerdos y podían con todo aceptaría encantada que le quitasen aquella basura de su vista. Todo lo decía sin alzar la voz, sin ponerse nerviosa o sin perder la compostura, y así le puso pegas a los huevos, al dobladillo de la falda de Dolly, a la forma en que Anita se recogía el pelo y al papel pintado del salón principal, que a su parecer estaba coloreado de moho y no de verde. Hablaba poco si no era para señalar lo que no le gustaba y, en aquellas primeras semanas, nadie o casi nadie lo apreció, por mucho que más adelante terminasen poniéndose de acuerdo y cambiando el papel o arreglando el dobladillo o prestando un poco más de atención a la manera de usar el único rizador de pelo de la casa, un tesoro que le había comprado a Garnet un admirador de los tiempos de Cape Girardeau, consistente en dos tubos que calentaban hasta casi el rojo vivo en el brasero de la chimenea. Así se quedó calva una chica nueva, Lorelay, varios años después, y suerte tuvo que no se le deshizo el cráneo cuando intentó usar el chisme sin esperar a que enfriase.

Para el domingo siguiente las únicas chicas que no le tenían la guerra jurada a Virginia Fabray eran Garnet, Dolly y Bluebell; las dos primeras porque eran putas viejas que a esas alturas no iban a ofenderse por los comentarios de una señorita caída en desgracia. Bluebell se había conseguido una piel de elefante de vivir con la india y van Berens, así que cualquier afrenta la dejaba igual y no guardaba rencores. De todos modos, al tiempo de llegar, Virginia supuso que ya había criticado todo lo que podía criticar y a partir de entonces habló lo justo, sobre todo para dar órdenes o consejos porque siempre tuvo muy claro que, de querer, ella habría dirigido el Vellocino de Oro mucho más eficientemente que Ludlow.