on the 27th day to NaNo… MELANCOLIA A PALADAS

Día 04 -> Tus primeras historias/personajes

…así, a traición, porque no me he pasado la última semana traumatizada por el hecho de que este es mi décimo NaNoWriMo.

No sé por dónde empezar, francamente. Es un poco cruel hacerle esta pregunta a alguien que entró en la crisis de los cuarenta el día que cumplió veinte y todavía no ha salido de ella (NI SALDRÉ JAMÁS, PORQUE DE LA CRISIS DE LOS 40 SÓLO SE SALE MUERTO) porque me vais a obligar a hacer cuentas y soy tan vieja y he malgastado mi vida y no he escrito ni la mitad de lo que debería, ni aprendido un 1% de lo que podría haber aprendido y ojalá agujeros negros y tener tres años toda la vida.

Pero no pienso abandonar un meme el cuarto día de meme, así que toca viaje al pasado y kilos de nostalgia.

Para empezar, no creo que pueda decir que he querido escribir toda mi vida. En realidad a mí lo que me molaba con locura era leer, leer todo el día, a todas horas, en todos sitios, con luz y sin luz, con permiso y sin permiso, adquiriendo traumas varios y manías por el camino. Soy una persona sencilla, no leía a Nietszche a los quince (ni a los treinta, vaya), pero leía una burrada y durante mi infancia, que yo recuerde, fue todo lo que hice. Leer, leer, leer. Escribir se lo dejaba a gente con más salero que yo, aunque me volvía loca que mi abuelo me dejase teclear en su máquina supersónica un ratito después de comer, fuera lo que fuera. Mi abuelo paterno, que yo sepa, nunca escribió ficción, pero sí que hizo sus pinitos como periodista y escritor/director de documentales. Lo suyo era la investigación. Mi abuela materna escribe poesía. Que yo sepa a nadie más de la familia le ha dado por ahí, (excepto a mi prima S, que escribía fanfic de los XMen!), así que asumo que ellos tuvieron la culpa, y por eso es adecuado que empezase a escribir “en serio” en casa de mis abuelos. El único recuerdo que tengo de escribir algo antes de los once o doce años fue en un campamento de verano. Organizaron un concurso y yo escribí algo hiper simbólico sobre dos niñas que entraban en un jardín y comían un fruto que permitía ver si la gente mentía o algo así. Gané una lata de galletas!

Nunca más he vuelto a comerme un colín escribiendo, así que lo recuerdo con especial cariño.

El caso es que el de mi abuelo fue el primer ordenador al que tuve acceso regular. Estoy hablando de 1995, floppy disks, pantallas matrixeras y aquel programa de hacer gráficos que parecía tener todo el mundo cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo porque vaya si me lo voy a bajar el día que lo recuerde, y una impresora que usaba papel con agujerucos, y escribir mi primera Mary Sue sin siquiera saber qué era aquello. La historia se llamaba “La cúpula”, un título muy descriptivo para un hijo bastardo de Sea Quest y La Isla del Dr Moureau (que no me gustó un cojón pero me dejó la intriga sobre bichos mutantes y experimentos gubernamentales secretos). Llegué a escribir unas veinte páginas antes de que se borrara el archivo? Mi abuelo cambiase de ordenador? Un agente de la CIA sacrificase su vida para hacerla desaparecer? No recuerdo ni qué pasó, francamente, pero es mi primer recuerdo sobre querer escribir en general, por si pensabais que siempre había sido fanfic at heart.

Después de aquello la cosa tomó gas. Escribí algunos cuentos. Poco después comencé la que hubiera sido mi opus magna, mi “Eragon”, mi “esta niña escribe como el culo pero eh, tiene doce años, publicidad a saco”. Sí, estoy hablando de mi novela-fanfic-pastiche sobre Robin Hood. Sé que ya he mencionado esto en múltiples ocasiones y no voy a llamarlo trauma pero fue un poco trauma. Mi novela-fanfic-pastiche fue de las primeras cosas que escribí en nuestro flamante (por llamarlo de alguna manera, ya estaba ligeramente desfasado para entonces) ordenador en casa. Cosas que ese documento contenía: triángulos amorosos, acción, chicas super guerreras y profusión de descripciones sobre qué llevaba Lady Marian en cada momento. Cosas que ese documento no contenía: una contraseña. Cosas que contenía la Adhara de doce años: cantidades desmesuradas de vergüenza y terror por que alguien supiera que iba de escritora por la vida. Todavía pasa, pero no tan paralizante, y lucho contra ello cada vez que subo un capítulo de algo a cualquier sitio, por mucho que una voz interior me chille “PERO QUÉ HACES, BORRA ESO AHORA MISMO, QUÉ VERGÜENZA POR DIOS”. Como recordaréis, mi yo de doce años era un poco más influenciable y esa voz interior sabe cómo aprovechar las propiedades acústicas de mi craneo, así que el día que mi padre encontró el archivo y lo leyó y luego me lo mencionó me entró un pánico terrible y borré todo rastro al respecto. No volví a escribir un original hasta “La sombra de Jylian”, en noviembre del 2004.

En defensa de mi padre diré que lo que me dijo fue que había leído un poco y le había gustado mucho, y que qué era ese archivo, a ver si os estáis pensando que mi padre no es guay. Porque mi padre es muy guay. Mi madre también es muy guay, pero ella no llegó a leerlo, por suerte, o ya hubiera tenido que irme de casa y cambiarme de nombre para afrontar tanta vergüenza.

El caso es que después de eso aprendí dos cosas: a esconder archivos un poquito mejor y a crear documentos con contraseña. Al intento robinhoodiano le siguió el que sería (*redoble de tambores) mi primer fanfic tamaño novela, precursor de una puta manía que me acompañaría los siguientes 8 años. Estaba basado en una película de Antena 3 a las 3 de la mañana (Brainscan) y tenía una lectora (MB). Por supuesto, también tenía una Mary Sue (Giane!) y una amiga chalada y posiblemente lesbiana de la Mary Sue (Xeid!), porque si en algo he sido constante en esta vida es en darle a mis protagonistas amigas chifladas. Más o menos por esta época descubrí la existencia de una tienda donde si pagabas una pasta gansa te dejaban conectarte a internet una hora. Al año siguiente comencé a escribir “Los Diarios Padawan” y ahí sí. Ahí ya descubrí que lo que hacía tenía un nombre. Acababa de chocar contra la punta del iceberg, un iceberg enorme y terrorífico lleno de conceptos nuevos como slash, fandom o mpreg que irían revelándose, para bien o para mal (mpreg, TE MIRO A TI), a lo largo de los siguientes años.

El resto ya os lo sabéis.