2013 y sneak peek

La última vez que terminé un NaNoWriMo el último día fue en 2005. Había salido de casa a dar un paseo, con todavía tres mil palabras por delante y convencida de que me quedaría a las puertas. Terminé metiéndome en la estación de FEVE, que por aquel entonces aún tenía la sala de espera abierta a gente sin billete, a escribir en un cuaderno sin demasiadas ganas, y cuando llegué a casa resultó que las palabras se habían multiplicado y yo había ganado mi primer NaNo.

JP me ha esperado para validar las suyas (amor de niño, llevaba con 52mil palabras desde ayer), a falta de Magners hemos brindado con sidra normanda (muy rica!) y yo qué sé. Que nueve años ganados, diez años con esta locura, es que no me quedan muchas cosas más que decir. Se me están acumulando las novelas mediocres en el disco duro, así a lo imbécil.

(me gustan poco tirando a nada los gráficos de este año v.v)

(me gustan poco tirando a nada los gráficos de este año v.v)

Os dejo el párrafo que me ha subido por encima de las 50mil, a modo conmemorativo. SPOILERS COMO MELONES Tras algunas quejas la dirección de este blog ha decidido pasar del párrafo conmemorativo super spoileroso y poneros otra cosa. CONTRAPROGRAMACIÓN!

Casi a la vez que Heinrich Heidelberg supervisaba la construcción de su nuevo burdel en Pompeii, Montana, Sarah Borginnes decidía colgar el delantal de cocinera a prueba de balas e instalarse al menos de momento de patrona en la posta más espaciosa del nuevo Matamoros, una casa de tres pisos con columnas coloniales en la entrada y pintada de rojo color sangre seca. Le cambió el nombre por el de Casa Americana, que sonaba mucho más adecuado, hizo instalar un fogón de tres metros de ancho que le trajeron en carromato desde la hacienda de un capitán que en aquellos momentos se batía en retirada como un diablo camino de San Nicolás de los Garza, y se dedicó a servir comida y regentar las veinte habitaciones con unas dotes de mando equiparables a las de Taylor. En quince de esas habitaciones fue donde puso a trabajar a la mayoría de las mujeres del campamento parasitario que había nacido alrededor del fuerte y que no se habían ido muy lejos cuando comenzaron los tiros, y a algunas mejicanas dispuestas a confraternizar con el enemigo a cambio de un porcentaje ahora que su ejército las había dejado con, casi literalmente, una mano delante y otra detrás. La Casa Americana no tardó en usurparle a la comandancia el título no oficial de cuartel central de la región de Tamaulipas para soldados rasos, sargentos e incluso algún que otro general, en los reservados traseros que Borginnes adecuó para ese propósito, sabedora de la importancia que los superiores daban a no mezclarse con los reclutas durante las horas de asueto. Era parte de lo que ellos llamaban la cadena de mando y Sarah la hipocresía de los galones, que permitía que generales y tamborileros se cruzasen con la camisa a medio abrochar y una muchacha del brazo por las galerías de pretensiones andaluzas de la casa pero no que se tomasen un vaso de whiskey sentados a la misma mesa más que en ocasiones muy señaladas.

En la Casa Americana de Sarah Borginnes fue donde Rudolph van Berens conoció a Mercedes de la Serna, aunque de pura casualidad, porque ni ella trabajaba en la casa ni a él le agradaba la música constante del piano y el alboroto de cartas, carreras por los pisos y humareda de cigarro que impregnaba el lugar. Compraba putas sólo cuando le sobraba el dinero, que no sucedía a menudo, o le podía el aburrimiento, pero la idea de esperar su turno en una fila de desgraciados como él para unos minutos apresurados rodando por camas a las que sólo cambiaban las sábanas al final de la jornada le quitaba las ganas. Al menos en las tiendas de lona detrás del fuerte Texas no veía al cliente anterior salir por la puerta abrochándose la bragueta ni se pringaba con sudores ajenos y otras cosas peores porque la tierra y la paja del campamento eran mucho más permisivas para esas cosas que las sábanas gastadas de los dormitorios.