qué pasa con balas

En capítulos anteriores de “voy a escribir una novela del oeste”:

– Decido escribir una novela del oeste
– Escribo 50mil palabras de la novela del oeste en el NaNo del 2011
– Está acabada? Nope. Normal! 50mil palabras no son nada!
– Escribo 50mil palabras de la novela del oeste en el NaNo del 2013
– Está acabada? Nope. Uhm. 100mil palabras de novela del oeste y no he contado ni la mitad. Bueno. Ya editaré.
– Escribo 30mil palabras de la novela del oeste en el NaNo del 2015
– Está acabada? …

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Y más o menos por ahí fue cuando me di cuenta de que había un problema con Balas. O muchos problemas que se unían para crear el problema principal: no había por dónde cogerlo. Veréis, me planteé Balas un poco como un experimento; nunca he escrito western y la verdad es que no sé hasta qué punto es un western temáticamente, más allá de situarse en Montana a finales del siglo XIX. En realidad lo que yo quería era escribir una novela de personajes sobre un montón de gente viviendo y muriéndose en Montana. El hilo conductor es el lugar, más que un argumento, y además me puse a escribirlo en un estilo narrativo que no se parece gran cosa a nada que haya hecho antes, así con frases muy largas y divagaciones, y eso me daba libertad para irme por las ramas con mucha alegría. Pero por otro lado creaba un problema porque me iba por las ramas con mucha alegría. Así me planté en 130mil palabras cuando en realidad había cubierto quizá un 30% del (endeble) argumento que me había planteado. Normal que me diera urticaria pensar siquiera en ello: 100mil palabras ya es una novela mullidita, de las de hacerte daño considerable si te cae desde un segundo piso.

El otro día estaba en la cama y se me metió en la cabeza publicar el primer capítulo como una historia corta, un poco para medir reacciones, si había alguna, sobre el cambio de estilo. Le di vueltas un buen rato y al levantarme se lo comenté a mis betas extra-extraordinarios, Gin y Fer, y les intrigó la idea. Y al cabo de un rato me di cuenta de que quizá había enfocado Balas de manera equivocada. Que no tenía por qué ser una novela. En realidad a estas alturas no es una novela con un desarrollo de novela, sino una colección de viñetas que pueden leerse por separado con sus propios argumentos. Y me gusta que sea así. Por supuesto hay mucha paja y hay que borrar párrafos enteros, pero en general son viñetas que no borraría del todo, y si quisiera meterlo en un sólo libro tendría que hacerlo por cojones.

Así que he aceptado el hecho de que no funciona como novela ni como bilogía o trilogía. Que puede que funcione en tomos pequeños, de una o varias escenas, con Pompeii y dos familias como nexo de unión y un argumento central que no es tan central como para no poder saltarte una o dos. En realidad lo que he aceptado es que empezó como un experimento y debería publicarlo como un experimento, en vez de tratar de meterlo en la caja de comienzo, nudo y desenlace con argumento razonable, que ya sabemos todos que además no es lo mío. Publicarlo por entregas me da una flexibilidad que jamás podría darme una novela: puedo ir sacándolas a medida que estén listas, sin presión, o irme por las ramas en condiciones sin sentirme culpable. Puedo escribir 200mil palabras y nadie se dará cuenta porque en su lugar habrá 10 relatos ahí haciendo bulto en Lektu. Discretitos. Puedo seguir con este experimento raro sin agobiarme porque “pero cómo puede ser que lleves tantos años con esto y sea este desastre horrible de treinta millones de tentáculos que no van a ninguna parte”.

Y eso es lo que he decidido con respecto a “Tres balas para Daniel Rudabaugh”, que a partir de ahora será el nombre de la colección. Y como soy un poco “PERO ENTONCES HAY QUE HACERLO YA”, ya podéis leer la primera parte, “Tres monedas de diez florines”:

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